Gerry se detuvo en seco. Su tosco semblante escocés pareció congelarse, con la mente ocupada en mil pensamientos pero la mirada fijamente clavada en mi. Yo aceleré la relajada velocidad con la que ambos estábamos cargando leña al camión, asumiendo que su actitud era una especie de hostigamiento a que me apresurara a terminar la tarea. Me pareció extraño, ya que aquí en el campo el trabajo es constante pero distendido y tanto Gerry como su esposa Sally son amables, simpáticos y viven una vida alegre y despreocupada, aunque siempre tengan algo por hacer.
_ Te envido. – Dijo de repente Gerry como volviendo al mundo de los hechos.
Yo, seguro de haber escuchado mal, exclamé.
_ ¿Perdón?
_ Eso, que te envido.
Ya seguro de las palabras de Gerry, ahora no sabía si estaba hablando en serio o no. En los 4 días que lo conozco, ha demostrado ser una persona que maneja bastante bien el sarcasmo. Me llevaría una gran sorpresa al darme cuenta que estaba hablando muy en serio…
Dos semanas atrás:
Como nos habíamos puesto en marcha con la primera luz del sol, estábamos llegando muy temprano a Auckland, ciudad donde se encontraba nuestro próximo anfitrión de wwoof. Así que decidimos desviarnos 30 km a la costa Oeste de Nueva Zelanda a conocer la que según los locales es una de las playas más hermosas del país.
Llegamos a Piha (recordemos que en ingles la H se pronuncia como J) alrededor de las 11am. En algún lugar dentro nuestro estábamos deseando que la playa fuese horrible, solo para poder hacer el chiste obvio: esta playa es una poronga!O que estuviese lejos de todo, así podríamos decir: esta playa queda cerca de la loma del orto. No fue así. Piha es una playa bellísima de largas extensiones de arena negro azabache, compuestas casi en su totalidad de hierro puro. Pero esta no es la característica que la hace única, ya que debido a la actividad volcánica muchas otras playas de esta isla se componen de esta peculiar arena. Lo que la hace interesante y bella son gigantescas masas rocosas que surgen en el medio de la playa y se elevan (algunas de ellas) hasta más de 10 pisos de altura con muy pronunciadas pendientes, que en algunos casos superan la perpendicularidad, ascendiendo en ángulo negativo con respecto al suelo, al mar o a ambos.
Allí almorzamos, caminamos, sacamos fotos. Disfrutando el último día soleado de una hermosa semana, a la cual le seguirían 12 días de lluvia y tormenta. Volvimos al auto y manejamos media hora hasta llegar a Auckland, a la casa de Gabrielle, nuestro segundo wwoof.
Gabrielle es una maestra de arte retirada. Vive sola en una casa a las afueras de Auckalnd. A los 71 años, viuda, su única preocupación es su gigantesco y frondoso jardín. El mismo lo mantiene en buenas condiciones gracias a la explotación constante de wwoofers, que hace trabajar unas increíbles 4 horas y media a cambio de un mediocre alojamiento en el subsuelo de su casa y una falsa promesa de deliciosos manjares.
El exquisito café de filtro fresco, recién molido, cortado con leche de cabra recién ordeñada, acompañado de tostadas de pan casero con mermeladas caseras del wwoofing anterior se vio reemplazado por café instantáneo con pan de última, sin mermelada. Luego de un pobre desayuno a las apuradas comenzar a trabajar en un riguroso e inflexible horario bajo el bastón esclavizador de la vieja del orto.
El verdadero motivo de nuestra parada en Auckland, eran los tramites que teníamos que hacer. Desgraciadamente llegamos un viernes. Por lo que tuvimos que soportar todo el fin de semana en la casa de Gabrielle. Por supuesto ni bien fue lunes, fuimos al centro, cambiamos los pasajes de vuelta a Argentina, le pusimos seguro al auto y recolectamos vieja correspondencia que teníamos en el hostel que nos habíamos hospedado hace ya más de dos meses. Hecho todo lo que teníamos que hacer, le dijimos adiós a la vieja y nos fuimos.
Mientras dejábamos Auckland por la autopista, pensaba que tal vez la vieja no era siempre malhumorada; y quizás solo necesitaba una buena ida a la playa.
El próximo wwoof fue elegido a las apuradas, en el afán de escapar lo antes posible de Auckland. De cualquier manera prometía mucho, en internet se anunciaba: “The Gorila Hut, un lugar paradisiaco, para encontrarse con uno mismo y descansar. Muchas actividades para hacer en los alrededores, el lugar perfecto para unas buenas vacaciones. Al llegar solo preguntar por Dan”.
Dejamos la ruta principal y nos adentramos al interior profundo neozelandés, treinta kilómetros por calle pavimentada y otros diez por calle de tierra. Ambos caminos totalmente desiertos.
Finalmente llegamos. Un paraje perdido en el medio de un sórdido desierto. Ni casas, ni arboles, ni colinas, ni ríos, ni playas. Llanura de pastos secos 360 grados alrededor; en el centro una construcción de ladrillo en muy mal estado, un taller con techo de chapa oxidada adosado a la misma y unos metros más allá un tráiler de también de chapa que alguna vez fue blanca, hoy en día predominaba el color oxido. Autos viejos, corroídos y abollados apilados aquí y allá, con otras tantas montañas de neumáticos y chatarra por doquier. Un perro viejo y flaco dormía tirado al frente del portón del taller; sobre el mismo un cartel anunciaba: “The Gorila Hut”. Por éste portón salió caminando un extraño personaje refregándose las manos con un trapo, perturbado seguramente por el ruido de nuestra llegada. Era gordo, alto y viejo. De larga y rala barba pelirroja y canosa, vestía un overol azul oscuro repleto de manchas de grasa y aceite. Mientras se refregaba las manos en un trapo, saludó con un ademan a la distancia y gritó: “Hey! Dan salió, vuelve en una hora, pero pónganse cómodos, su habitación va a ser el tráiler blanco!”.
El gremblin salió arando en segunda, levantando polvo. Mientras huíamos el perro se levanto y nos siguió unos metros con una expresión que parecía decir: “muchachos por favor llévenme con ustedes”; lo sentimos…pero el gremblin solo tiene lugar para mochileras alemanas que estén haciendo dedo en la ruta.
Manejamos por una hora y media, decepcionados. Los últimos dos wwoofing después del de Julia y Chris, habían resultado desastrosos. Como dice el dicho: “lo malo de la primer experiencia, es que solo hay una”. Ya atardecía cuando llegamos a Rotorua, buscamos un hostel y pagamos por adelantado las siguientes 2 noches.
Fundada sobre los márgenes del lago Rotorua, es una ciudad sumamente turística; como tal, cuida mucho los detalles estéticos y tiene una enorme cantidad de diferentes actividades para hacer en los alrededores. Posee varias plazas y parques con fuentes naturales de aguas termales, emanando vapor las 24horas del día entre las casas de sus 50 mil habitantes. Es, según los parámetros neozelandeses, una ciudad grande.
Debido al mal clima, no pudimos recorrer las bellezas naturales ni pagar por las actividades artificiales que tiene para ofrecer la ciudad; pero si pudimos dedicar un buen tiempo a la búsqueda de nuestro siguiente wwoofing y así el destino nos fue llevando a terminar en la casa de Gerry y Sali.
Gerry y Sali tienen una enorme y bellísima casa construida sobre una colina a 15 minutos del centro de Rotorua. La casa tiene cuatro habitaciones, dos baños, salada de estar con estufa a leña, gran garaje donde estacionan tres camionetas y un auto, y un gigantesco living con una extensa pared de vidrio que apuntan en su totalidad al lago. Un balcón de unos 3 metros de ancho cubre dos de las 4 caras de la casa y se extiende hasta alcanzar casi 5 metros, flotando, en la cara que continua al living. Ella es reflexóloga, el es osteópata y apicultor. Son eximios cocineros los dos, y no limitan sus platos a comida de un solo origen, viajando por el mundo han exportado recetas de múltiples países y regiones, y las aplican a diario en su cocina. Dedican sus ratos libres a trabajar su jardín, cocinar o relajarse viendo una película en la sala de estar equipada con cañón y home theatre. Son felices, simpáticos, trabajadores, buenas personas, aman sus profesiones y tienen un buen pasar económico.
Ayer:
_ Vos me envidias a mi? Le contesté sorprendido.
_ Si. Yo puedo tener una gran casa, varios autos, una adorable esposa. Pero las posesiones no son más que cadenas, cadenas rematadas en grilletes, que te privan de todo tipo de libertad, y reducen tu mundo a este maravilloso calabozo que se vuelve cada día más pequeño con el pasar de los años y la rutina. Vos sos joven, capaz, entusiasta, emprendedor, soltero. Podrás no tener plata, auto o casa. Pero nada ni nadie te puede impedir hacer lo que tengas ganas de hacer en el momento que lo quieras hacer y eso es envidiable.
Me quede perplejo. Podía esperar eso de cualquier persona menos de él. Nunca hasta entonces había demostrado ser una persona con una visión tan oscura. Sino que todo lo contrario. Le conteste:
_ Si, es cierto. Disfruto mucho de la libertad que tengo en este momento. Pero estoy más que dispuesto a, en algún momento de mi vida, sacrificar parte de la misma por tener algunas de las cosas que vos tenés: un hogar, una familia…son cosas que algún día quisiera tener.
_ Creeme, no es lo que queres.
Esto último lo dijo con una sonrisa en los labios, intentado quitarle seriedad a la conversación. Luego seguimos conversando de otros asuntos y cuando no hubo más leña por cargar, volvimos a la casa a prepararnos para la cena.
Creo que mal que bien, charlas como esta son enriquecedoras de este viaje, diferentes puntos de vista de una misma realidad. Por ahora nos sentimos muy cómodos en este lugar y con estas persona; y ellos a su vez están cómodos con nosotros. Rotorua parece un buen lugar para establecerse, aunque el plan inicial era seguir bajando hasta Wellington. Ya incluso nos hicimos un par de amigos en el hotel: un mexicano, un argento y dos chilenas. En los días venideros veremos si aparece algún trabajo que nos permita mudarnos a una casa propia y empezar a ahorrar unos mangos, mientras tanto seguiré escribiendo el blog desde lo alto de esta colina, alternado la mirada entre la pantalla de la notebook, el lago en el horizonte y el fuego de la estufa.
lunes, 18 de julio de 2011
miércoles, 6 de julio de 2011
El sendero de los espíritus
Según la antigua creencia maorí, al morir una persona, se desprende del cuerpo su espíritu. El mismo comienza un viaje desde donde halla respirado el cuerpo por última vez hasta el extremo norte de la isla. Una vez alcanzado este punto, comienza su descenso al inframundo, adentrándose en las profundas aguas del océano para luego concluir su viaje en Hawaiki, el hogar de los espíritus. Allí mismo estábamos parados, contemplando el horizonte cuando nos pareció ver el espíritu de riBer descendiendo al inframundo…
Fueron 5 horas de viaje por increíbles paisajes, en una de las regiones menos pobladas de uno de los países menos poblados del mundo. Ya había pasado más de una hora desde que habíamos dejado atrás un cartel que anunciaba “última estación de servicio del país”, cuando vimos el faro, construido allí en la punta, como un eterno símbolo del hombre blanco cegándose en los lugares sagrados de los nativos.
Invierno es la estación con la mayor cantidad de precipitaciones en este país y prácticamente todos los días llueve. No fue así el pasado jueves 30 de Junio donde el universo nos bendijo una vez más con un hermoso día soleado; sin una sola nube en el cielo desde el amanecer hasta la caída del sol.
El lugar al que llegamos es un punto sumamente elevado, donde a excepción de una pequeña porción de tierra a nuestras espaldas teníamos una vista panorámica de 320° de mar, perdiéndose en el horizonte tan lejano y basto que parecía copiar levemente la curvatura de la tierra. No es temporada turística, por lo que éramos prácticamente los únicos allí. El risco cae en una pendiente casi perpendicular hasta las aguas del mar que lo golpean incansablemente una y otra vez. En este punto es donde convergen el Océano Pacifico y el mar de Tasmania, según los parámetros occidentales. Por otro lado, la cultura Maorí cree que es donde Tapokopoko a Tawhaki (el mar masculino) se encuentra con Te Tai o Whitirela (el mar femenino) para la creación de la vida.
Uno diría que la naturaleza no conoce nombres ni limites y no tendría por qué haber ningún indicio de una “unión de mares”. Pero si la hay. A corta distancia de donde se sumerge en las aguas la última porción de tierra neozelandesa, en un mar sumamente calmo, puede verse un extraño oleaje con remolinos de espuma en varias direcciones. Justo en el punto donde se encuentran el mar femenino y el masculino. De mas esta decir que nos sacamos una fotos con los mares cogiendo de fondo.
Almorzamos y nos quedamos contemplando tan deslumbrante paisaje. Lamentablemente el sol bajaba rápido y nos quedaba un lugar más por conocer. Así que nos subimos al gremblin y volvimos por donde habíamos llegado.
Algunos kilómetros antes de llegar a “la última estación de servicio del país” hay un desvío. A los pies de un camino rustico de tierra se lee en un cartel: “Te Paki Giant Dunes”. Te Paki es una región al Oeste de Nueva Zelanda, donde concluye la “Playa de las 90 millas”. Una muy larga extensión de anchas playas sin bahías, penínsulas, acantilados, piedras ni nada que la interrumpa; que en honor a la verdad tiene 78 millas (124 km).
Llegamos a las dunas gigantes cuando el sol estaba ya bastante bajo y generaba largas sombras, incluso en las pequeñas elevaciones creadas por el viento, que daban textura a las paredes de estas enormes montañas doradas.
Caminamos. Solo caminamos. Mirando aquí y allá este pequeño desierto alejarse hasta donde la vista lo siguiese. Variando en forma y altura duna tras duna formar un gran manto irregular en el cual pueden encontrarse pequeños bosques, arroyos y lagos.
El sol termino de esconderse y el frío abrazó las montañas. Hora de subir al auto y deshacer el camino andado.
Llegamos a la casa de Julia y Chris alrededor de las 22:30hs. Amablemente nos habían ofrecido pasar la última noche allí, a pesar de no haber trabajado ese día. Estábamos extenuados pero de todos modos revisamos el correo para ver si teníamos alguna respuesta de nuestros posible próximo anfitrión de wwoofing.
Entre varias respuestas negativas que alucian como excusa ya estar alojando otros wwoofers, o no necesitar wwoofers por la disminución de actividades que trae aparejada el invierno; una sola respuesta fue positiva. Y el día siguiente, a primera hora del día, nos despedimos con tristeza de Chris y Julia que tan bien nos atendieron y cuidaron, y pusimos rumbo al número 81 de la calle Wallsal, en los suburbios de Auckland City: nuestro próximo wwoofing.
Fueron 5 horas de viaje por increíbles paisajes, en una de las regiones menos pobladas de uno de los países menos poblados del mundo. Ya había pasado más de una hora desde que habíamos dejado atrás un cartel que anunciaba “última estación de servicio del país”, cuando vimos el faro, construido allí en la punta, como un eterno símbolo del hombre blanco cegándose en los lugares sagrados de los nativos.
Invierno es la estación con la mayor cantidad de precipitaciones en este país y prácticamente todos los días llueve. No fue así el pasado jueves 30 de Junio donde el universo nos bendijo una vez más con un hermoso día soleado; sin una sola nube en el cielo desde el amanecer hasta la caída del sol.
El lugar al que llegamos es un punto sumamente elevado, donde a excepción de una pequeña porción de tierra a nuestras espaldas teníamos una vista panorámica de 320° de mar, perdiéndose en el horizonte tan lejano y basto que parecía copiar levemente la curvatura de la tierra. No es temporada turística, por lo que éramos prácticamente los únicos allí. El risco cae en una pendiente casi perpendicular hasta las aguas del mar que lo golpean incansablemente una y otra vez. En este punto es donde convergen el Océano Pacifico y el mar de Tasmania, según los parámetros occidentales. Por otro lado, la cultura Maorí cree que es donde Tapokopoko a Tawhaki (el mar masculino) se encuentra con Te Tai o Whitirela (el mar femenino) para la creación de la vida.
Uno diría que la naturaleza no conoce nombres ni limites y no tendría por qué haber ningún indicio de una “unión de mares”. Pero si la hay. A corta distancia de donde se sumerge en las aguas la última porción de tierra neozelandesa, en un mar sumamente calmo, puede verse un extraño oleaje con remolinos de espuma en varias direcciones. Justo en el punto donde se encuentran el mar femenino y el masculino. De mas esta decir que nos sacamos una fotos con los mares cogiendo de fondo.
Almorzamos y nos quedamos contemplando tan deslumbrante paisaje. Lamentablemente el sol bajaba rápido y nos quedaba un lugar más por conocer. Así que nos subimos al gremblin y volvimos por donde habíamos llegado.
Algunos kilómetros antes de llegar a “la última estación de servicio del país” hay un desvío. A los pies de un camino rustico de tierra se lee en un cartel: “Te Paki Giant Dunes”. Te Paki es una región al Oeste de Nueva Zelanda, donde concluye la “Playa de las 90 millas”. Una muy larga extensión de anchas playas sin bahías, penínsulas, acantilados, piedras ni nada que la interrumpa; que en honor a la verdad tiene 78 millas (124 km).
Llegamos a las dunas gigantes cuando el sol estaba ya bastante bajo y generaba largas sombras, incluso en las pequeñas elevaciones creadas por el viento, que daban textura a las paredes de estas enormes montañas doradas.
Caminamos. Solo caminamos. Mirando aquí y allá este pequeño desierto alejarse hasta donde la vista lo siguiese. Variando en forma y altura duna tras duna formar un gran manto irregular en el cual pueden encontrarse pequeños bosques, arroyos y lagos.
El sol termino de esconderse y el frío abrazó las montañas. Hora de subir al auto y deshacer el camino andado.
Llegamos a la casa de Julia y Chris alrededor de las 22:30hs. Amablemente nos habían ofrecido pasar la última noche allí, a pesar de no haber trabajado ese día. Estábamos extenuados pero de todos modos revisamos el correo para ver si teníamos alguna respuesta de nuestros posible próximo anfitrión de wwoofing.
Entre varias respuestas negativas que alucian como excusa ya estar alojando otros wwoofers, o no necesitar wwoofers por la disminución de actividades que trae aparejada el invierno; una sola respuesta fue positiva. Y el día siguiente, a primera hora del día, nos despedimos con tristeza de Chris y Julia que tan bien nos atendieron y cuidaron, y pusimos rumbo al número 81 de la calle Wallsal, en los suburbios de Auckland City: nuestro próximo wwoofing.
viernes, 24 de junio de 2011
Llueve sobre mojado
Comenzar el domingo bien temprano y empezar a viajar camino a Cape Ringa, el extremo norte del país. Atravesar la “90 miles beach” (playa de las 90 millas), a continuación visitar una gran superficie de gigantescas dunas y finalmente terminar en El Faro allá, donde se unen el mar de Tasmania con el océano Pacifico. Todo esto hubiese sido posible, si ese mismo domingo a primer hora de la mañana, no se hubiese cagado el auto.
El Gremlin, durante estos dos meses ha demostrado ser un excelente auto. Aunque medio jugadito de chapa, tiene muy buena mecánica, el interior esta impecable y el pequeño motor es de muy bajo consumo. Solo tuvimos un inconveniente menor con las luces traseras y un problemita un poquito más grave con un ruleman de una rueda que debió ser reemplazado. Entre mano de obra y repuestos los dos arreglos nos salieron menos de 150 dólares (a dividir entre 5). Sin embargo, esa mañana se intensificó un ruido que venía de la rueda trasera y si bien el auto andaba, no quisimos mandarnos a la ruta a un viaje de 200km de ida y otros tantos de vuelta. El problema no era solo perderse la oportunidad de ese viaje, sino que al día siguiente teníamos que estar en nuestro próximo destino: una remota estancia en los alrededores de un pequeño pueblo llamado Kaiwaka; y con el auto en esas condiciones NO podíamos viajar. Desde el punto de vista económico el arreglo no se dividiría mas entre 5, ya que actualmente los únicos dueños del auto somos el Chichi y yo; y se complicaba de sobremanera conseguir un mecánico un domingo.
Pierre Bourdieu, sociólogo Frances decía (resumiendo)que el capital que una persona posee puede ser de tres tipos: cultural (los conocimientos que tenemos), económico (la plata que tenemos), y social (los contactos que tenemos). En nuestro caso, el primero claramente no nos alcanzaba para arreglar el auto. El segundo nos permitía reparar el auto de manera eficaz pero no eficiente. Y es aquí donde el tercero, nuestro capital social nos salvo del apuro. Juntando kiwis bajo la parra nos hicimos amigos (entre otras personas) de Anthony, un pibe local, que resulta ser mecánico y se mostro más que dispuesto a perderse todo un domingo soleado engrasándose las manos a cambio de una caja de birras.
El problema del auto resultó ser una esquirla metálica atorada entre las pastillas y el disco de freno. Tuvimos que comprar pastillas de freno nuevas a unos $40 dólares el par y un disco de freno. Este último, nuevo, sale unos $200 y tarda una semana en llegar. Pero por suerte, Anthony conoce al dueño de un desarmadero, donde aplastado entre un Toyota y un Nissan había un Ford Telstar 1994 igualito al nuestro, con el disco de freno intacto. Y nos lo llevamos en el acto, por $35. Una vez más, el capital social.
Nos parecía un desperdicio de día soleado quedarnos los dos sentados mirando como Anthony entre sorbo y sorbo de cerveza desarmaba el auto, así que convenimos con el Chichi que me dejaría en algún atractivo turístico de la zona, iría con Anthony a hacer el arreglo del auto y alrededor de las 5 de la tarde, cuando el sol empezara a caer, ya con el auto arreglado me iría a buscar. En el peor de los casos, si no llegaban a arreglar el auto a tiempo, me escribiría un texto para avisarme y que me vuelva a dedo.
El único atractivo turístico de los alrededores que nos faltó conocer es el milenario Puketi Forest, ubicado a unos 30km de Kerikeri, así que pasado el medio día allí fuimos.
A medida que nos acercábamos al destino, veíamos como el camino se hacía cada vez mas rustico y deshabitado, el cielo se iba nublando y el teléfono perdía señal. De cualquier manera seguimos, llegamos, me baje y convenimos que entre 5 y 5:30 en ese mismo punto nos reencontrábamos.
El Pketi Forest, es un gigantesco bosque de muy variada fauna. El atractivo principal son los milenarios árboles Kauri, parecidos a un Sequoia en tamaño y similar a una columna de capiteles Corintios en forma, tienen un tronco muy ancho y alto, que sube en línea recta casi perfecta unos 30 metros hasta un puñado de ramas en la punta que le dan una altura final superior a los 45 metros. De proporciones, textura y color fuera de lo común es una pieza interesante de este complejo rompecabezas que hace a la fauna Neozelandesa.
A pesar de ser un centro turístico, carecía considerablemente de infraestructura. La misma se limitaba a un típico cartel de esos que dicen “Usted está aquí”; a la izquierda del mismo, en un playón completamente vacío, otro cartel que anunciaba “estacionamiento” y a la derecha un pedazo de madera, tallada en forma de flecha, apuntando hacia las entrañas del bosque que decía: “recorrido a pie, 2hs de duración” .
El gramblin se perdió levantando tierra en un camino de ripio donde el último auto que habíamos cruzado había sido hacía 20 minutos. En un lugar que en temporada de verano posiblemente sea más visitado, es que me quede parado solo. Mire la flecha, el interior del bosque que se hacía denso y oscuro a corta distancia y el cielo que se había cubierto por completo de nubes grises. Respire hondo y con las primeras gotas de lluvia, entré en el bosque.
La primera hora del recorrido fue mágica. Es una selva profunda y espesa. Una compleja maraña de árboles, lianas y arbustos de todo tipo, forma y color; interrumpida aquí y allá por esas gigantescas columnas, muchas de las cuales cuentan su nacimiento en años Antes de Cristo. Una feroz y silenciosa eterna batalla por alcanzar la luz del sol, por vivir, por evolucionar. Yo caminaba en el medio de este caos estático, por lugares donde el sol nunca llega, donde pequeños arroyos corren gélidos por la tierra húmeda. En la piel el frío y la humedad, en la vista verdes y marrones mutando a tonalidades más y más oscuras a medida que atardecía, en el olfato la tierra mojada y en los oídos esa lluvia fina intensificada sobre el techo de ramas, como el caminar de un ejército de hormigas.
La segunda hora ya hacía un frío de cagarse, la lluvia no daba tregua, y ya empapado no paraba de pisar charcos en un camino donde apenas podía distinguir unos metros adelante mío. Finalmente llegué al mismo desolado paraje donde había comenzado. Ya eran las 17 30 y el Chichi debía estar por llegar. Mire el celular y tenía cero señal . Espere, espere y espere. Noche cerrada y nublada, no paraba de llover, la oscuridad ya era total, no se veía NADA, la ropa mojada, los pies y el pantalón embarrados, el teléfono sin señal y una cara de ojete importante.
Empecé a caminar en las oscuridad, siguiendo a duras penas la ruta de ripio, cuando se me ocurrió la brillante idea de subir a un alambrado y levantar el teléfono en búsqueda de esa mínima rayita de señal que me permitiera mandar la puteda al Chichi.
Con la tenue luz del celular, llegue hasta el alambrado más próximo, lo agarré para subirme y PZZZTÁ!!! patadón de un alambrado electrificado. Puteada de por medio caminé hasta el campo siguiente y esta vez en la tranquera de madera, apoyé ambas manos y me pare. Ahí estaba, en la oscuridad, mojado, haciendo equilibrio y con la mano en lo más alto cuando me llegó el mensaje: “che, lo del auto va a tardar un ratito más, ni bien esté voy para allá, ok?”
Lo importante es que eventualmente el Chichi llegó, volvimos a casa, me pegué una buena ducha de agua caliente, cenamos y a la cama. Anthony no solo arreglo la rueda de atrás, sino que además le hizo una revisión completa a todo el auto, chequeo las otras 3 ruedas, soldó una pequeña perdida de aceite del motor, y con súper pegamento tapo un agujerito que tenía el tanque de agua del radiador. Nos dijo que el auto estaba en excelentes condiciones, listo para viajar y que de querer venderlo le podíamos sacar fácil $2000; cuando pagamos por el $1200.
En la mañana del día siguiente, Lunes, el dueño de la casa vino a revisar que todo estuviese en orden y nos devolvió el depósito. Acaricie con tristeza el sillón donde tantas veces me tire a ver tele tomando una cerveza a la vuelta del laburo, caminé hasta la puerta y en la entrada de la que fue nuestra casa por un mes y medio, nos dimos un abrazo con la pareja de franceses, nos subimos al auto y escuchando la poderosa guitarra de Eric Clapton nos lanzamos a la ruta, con rumbo sur, Chichi y yo, en nuestro auto, hacia nuestro próximo destino…
El Gremlin, durante estos dos meses ha demostrado ser un excelente auto. Aunque medio jugadito de chapa, tiene muy buena mecánica, el interior esta impecable y el pequeño motor es de muy bajo consumo. Solo tuvimos un inconveniente menor con las luces traseras y un problemita un poquito más grave con un ruleman de una rueda que debió ser reemplazado. Entre mano de obra y repuestos los dos arreglos nos salieron menos de 150 dólares (a dividir entre 5). Sin embargo, esa mañana se intensificó un ruido que venía de la rueda trasera y si bien el auto andaba, no quisimos mandarnos a la ruta a un viaje de 200km de ida y otros tantos de vuelta. El problema no era solo perderse la oportunidad de ese viaje, sino que al día siguiente teníamos que estar en nuestro próximo destino: una remota estancia en los alrededores de un pequeño pueblo llamado Kaiwaka; y con el auto en esas condiciones NO podíamos viajar. Desde el punto de vista económico el arreglo no se dividiría mas entre 5, ya que actualmente los únicos dueños del auto somos el Chichi y yo; y se complicaba de sobremanera conseguir un mecánico un domingo.
Pierre Bourdieu, sociólogo Frances decía (resumiendo)que el capital que una persona posee puede ser de tres tipos: cultural (los conocimientos que tenemos), económico (la plata que tenemos), y social (los contactos que tenemos). En nuestro caso, el primero claramente no nos alcanzaba para arreglar el auto. El segundo nos permitía reparar el auto de manera eficaz pero no eficiente. Y es aquí donde el tercero, nuestro capital social nos salvo del apuro. Juntando kiwis bajo la parra nos hicimos amigos (entre otras personas) de Anthony, un pibe local, que resulta ser mecánico y se mostro más que dispuesto a perderse todo un domingo soleado engrasándose las manos a cambio de una caja de birras.
El problema del auto resultó ser una esquirla metálica atorada entre las pastillas y el disco de freno. Tuvimos que comprar pastillas de freno nuevas a unos $40 dólares el par y un disco de freno. Este último, nuevo, sale unos $200 y tarda una semana en llegar. Pero por suerte, Anthony conoce al dueño de un desarmadero, donde aplastado entre un Toyota y un Nissan había un Ford Telstar 1994 igualito al nuestro, con el disco de freno intacto. Y nos lo llevamos en el acto, por $35. Una vez más, el capital social.
Nos parecía un desperdicio de día soleado quedarnos los dos sentados mirando como Anthony entre sorbo y sorbo de cerveza desarmaba el auto, así que convenimos con el Chichi que me dejaría en algún atractivo turístico de la zona, iría con Anthony a hacer el arreglo del auto y alrededor de las 5 de la tarde, cuando el sol empezara a caer, ya con el auto arreglado me iría a buscar. En el peor de los casos, si no llegaban a arreglar el auto a tiempo, me escribiría un texto para avisarme y que me vuelva a dedo.
El único atractivo turístico de los alrededores que nos faltó conocer es el milenario Puketi Forest, ubicado a unos 30km de Kerikeri, así que pasado el medio día allí fuimos.
A medida que nos acercábamos al destino, veíamos como el camino se hacía cada vez mas rustico y deshabitado, el cielo se iba nublando y el teléfono perdía señal. De cualquier manera seguimos, llegamos, me baje y convenimos que entre 5 y 5:30 en ese mismo punto nos reencontrábamos.
El Pketi Forest, es un gigantesco bosque de muy variada fauna. El atractivo principal son los milenarios árboles Kauri, parecidos a un Sequoia en tamaño y similar a una columna de capiteles Corintios en forma, tienen un tronco muy ancho y alto, que sube en línea recta casi perfecta unos 30 metros hasta un puñado de ramas en la punta que le dan una altura final superior a los 45 metros. De proporciones, textura y color fuera de lo común es una pieza interesante de este complejo rompecabezas que hace a la fauna Neozelandesa.
A pesar de ser un centro turístico, carecía considerablemente de infraestructura. La misma se limitaba a un típico cartel de esos que dicen “Usted está aquí”; a la izquierda del mismo, en un playón completamente vacío, otro cartel que anunciaba “estacionamiento” y a la derecha un pedazo de madera, tallada en forma de flecha, apuntando hacia las entrañas del bosque que decía: “recorrido a pie, 2hs de duración” .
El gramblin se perdió levantando tierra en un camino de ripio donde el último auto que habíamos cruzado había sido hacía 20 minutos. En un lugar que en temporada de verano posiblemente sea más visitado, es que me quede parado solo. Mire la flecha, el interior del bosque que se hacía denso y oscuro a corta distancia y el cielo que se había cubierto por completo de nubes grises. Respire hondo y con las primeras gotas de lluvia, entré en el bosque.
La primera hora del recorrido fue mágica. Es una selva profunda y espesa. Una compleja maraña de árboles, lianas y arbustos de todo tipo, forma y color; interrumpida aquí y allá por esas gigantescas columnas, muchas de las cuales cuentan su nacimiento en años Antes de Cristo. Una feroz y silenciosa eterna batalla por alcanzar la luz del sol, por vivir, por evolucionar. Yo caminaba en el medio de este caos estático, por lugares donde el sol nunca llega, donde pequeños arroyos corren gélidos por la tierra húmeda. En la piel el frío y la humedad, en la vista verdes y marrones mutando a tonalidades más y más oscuras a medida que atardecía, en el olfato la tierra mojada y en los oídos esa lluvia fina intensificada sobre el techo de ramas, como el caminar de un ejército de hormigas.
La segunda hora ya hacía un frío de cagarse, la lluvia no daba tregua, y ya empapado no paraba de pisar charcos en un camino donde apenas podía distinguir unos metros adelante mío. Finalmente llegué al mismo desolado paraje donde había comenzado. Ya eran las 17 30 y el Chichi debía estar por llegar. Mire el celular y tenía cero señal . Espere, espere y espere. Noche cerrada y nublada, no paraba de llover, la oscuridad ya era total, no se veía NADA, la ropa mojada, los pies y el pantalón embarrados, el teléfono sin señal y una cara de ojete importante.
Empecé a caminar en las oscuridad, siguiendo a duras penas la ruta de ripio, cuando se me ocurrió la brillante idea de subir a un alambrado y levantar el teléfono en búsqueda de esa mínima rayita de señal que me permitiera mandar la puteda al Chichi.
Con la tenue luz del celular, llegue hasta el alambrado más próximo, lo agarré para subirme y PZZZTÁ!!! patadón de un alambrado electrificado. Puteada de por medio caminé hasta el campo siguiente y esta vez en la tranquera de madera, apoyé ambas manos y me pare. Ahí estaba, en la oscuridad, mojado, haciendo equilibrio y con la mano en lo más alto cuando me llegó el mensaje: “che, lo del auto va a tardar un ratito más, ni bien esté voy para allá, ok?”
Lo importante es que eventualmente el Chichi llegó, volvimos a casa, me pegué una buena ducha de agua caliente, cenamos y a la cama. Anthony no solo arreglo la rueda de atrás, sino que además le hizo una revisión completa a todo el auto, chequeo las otras 3 ruedas, soldó una pequeña perdida de aceite del motor, y con súper pegamento tapo un agujerito que tenía el tanque de agua del radiador. Nos dijo que el auto estaba en excelentes condiciones, listo para viajar y que de querer venderlo le podíamos sacar fácil $2000; cuando pagamos por el $1200.
En la mañana del día siguiente, Lunes, el dueño de la casa vino a revisar que todo estuviese en orden y nos devolvió el depósito. Acaricie con tristeza el sillón donde tantas veces me tire a ver tele tomando una cerveza a la vuelta del laburo, caminé hasta la puerta y en la entrada de la que fue nuestra casa por un mes y medio, nos dimos un abrazo con la pareja de franceses, nos subimos al auto y escuchando la poderosa guitarra de Eric Clapton nos lanzamos a la ruta, con rumbo sur, Chichi y yo, en nuestro auto, hacia nuestro próximo destino…
martes, 21 de junio de 2011
entre playas se cuenta la historia
Pende frágilmente del tallo, suspendido en el aire, bajo la eterna sombra de una parra despojada de su fruto casi por completo. La única excepción: ese último kiwi. Solitario, rodeado por un agotado grupo de pickers que lo único que tiene en mente es irse a casa, con la satisfacción del trabajo terminado.
No lo merezco, pero pido que se me dé el honor de pickear el último kiwi de la temporada. Luego de depositarlo en el cajón del tractor, todos se dan un fuerte apretón de manos, se desean fortuna en sus futuros proyectos o actividades y el grupo “rojo” de la compañía Orangewood, temporada 2011, se disuelve para nunca jamás reagruparse.
Llegamos a casa y empezamos los festejos. Como todo buen festejo argento, tiene que comenzar encendiendo un fuego, para lo que luego fue un aceptable asado. Se comió, bebió y celebró con la alegría y tranquilidad de NO tener que ir a trabajar al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente…
Y fue al día siguiente precisamente que decidimos continuar los festejos con un viaje. El destino: Paihia y Russell. Paihia es la ciudad turística por excelencia en la zona de Northland, ubicada a escasos 18km de Kerikeri cuenta con un pintoresco centro comercial con bares y cafés, locales de ropa, artesanías y baratijas para los turistas. A lo largo de una costa de base irregular se ubican algunos edificios de mediana y baja altura. Un paseo peatonal, rambla y muelle completan los “must do” de esta simpática ciudad. Es, resumiendo, similar a cualquier pequeña ciudad de turismo “playero” de la costa de la provincia de Buenos Aires, pero más ordenada, limpia y prolija.
El horizonte marítimo de esta ciudad se ve interrumpido por salpicones de pequeñas islas y la imponente presencia de una traicionera porción de tierra, que a simple vista parece una gran isla pero viéndolo en un mapa se descubre que está unido al resto de la superficie neozelandesa unos 40km mas al sur. En esta porción de tierra se encuentra el pueblo de Russell. Algún visionario empresario se dio cuenta de esto varios años atrás y decidió montar un servicio de ferri, que en 10 minutos por mar, te ahorra unos 100km por tierra. Treinta dólares ida y vuelta, por el auto y 5 pasajeros nos pareció un precio más que razonable y sin nada mejor que hacer cruzamos una pequeña porción del Pacifico para llegar a Russell.
Russell es pequeño pero con historia. Fue la primera capital de Nueva Zelanda, durante los años de la colonización. Por este motivo, entre otras cosas, cuenta con la iglesia más antigua del país. Esta fue nuestra primera visita. La iglesia es sencilla pero agradable. En su estructura de madera, que data del 1836, se pueden ver agujeros de balas, de los enfrentamientos transcurridos por aquellos años entre los colonizadores (ingleses) y los nativos (maoríes); y en el frente un pequeño cementerio con los caídos en dichos combates. Claro está, solo de los caídos cuyos cadáveres eran recuperados, ya que los prisioneros eran comidos por los caníbales nativos y devueltos al suelo neozelandés en forma de abono. La iglesia no sería el único edificio histórico visitado en el día, pero antes queríamos aprovechar los momentos de sol que ofrecía el medio día cuando las nubes daban tregua.
Nos pusimos en marcha, manejando por la sinuosa costa, escuchando buena música y a la velocidad que exige la despreocupación de no tener ningún compromiso que atender ni horario que cumplir. Así viajábamos, entre subidas y bajadas; bahías y penínsulas; abismos y hermosas playas de arenas blancas y aguas que comienzan transparentes a baja profundidad y van cambiando a un turquesa intenso hasta fundirse en un azul profundo, allá donde se dibuja la línea del horizonte…
Pico el bagre, estacionamos el gremblin en la banquina y bajamos caminando hasta una de las tantas pequeñas bahías. Como estrellas en el cielo de una noche alejada de las grandes urbes, millones de mejillones blancos le daban textura visual a las arenas de esta bahía, que se perdían debajo del océano en un pacífico y cautivadoramente silencioso encuentro. Al no haber NIGUN tipo de oleaje, ni viento, el silencio de esta playa era extremo. Podían sentirse claramente los pasos de una amistosa gaviota que se aproximaba por la orilla al grupo, en búsqueda de algunas sobras de nuestro almuerzo. Recorrimos, exploramos, sacamos fotos, nos separamos, nos reencontramos, disfrutamos de la paz…y nos pusimos en marcha de nuevo.
Varios minutos después, manejábamos por lo que en el mapa era una angostisima porción de tierra, donde deberíamos poder ver el mar a ambos lados. En la realidad veíamos el mar solo a nuestra izquierda, mientras que a la derecha se extendía una larga colina. Sin nada que perder, ni ningún destino en particular, estacionamos el auto y resolvimos subir hasta la cima de la colina a ver si era cierto que del otro lado también se veía el mar. Al llegar a la cima, se descubrió ante nuestros ojos una paradisiaca y escondida playa. De arenas blancas ye no más de 300 metros de largo, definía sus límites una empinada pared rocosa, casi abrazándola contra el mar, como escondiéndola del resto del mundo. Nos quedamos allí hasta que el sol se perdió en el mar.
La oscuridad y el frío celebran matrimonio en las calles de la ex capital del país cuando pasamos por el frente de un pintoresco edificio de estilo colonial. De dos pisos de altura cuenta con un amplio frente de madera, una galería/terraza con algunas mesas y sillas de hierro. Una gran escalera y una puerta de doble hoja marcaban la entrada y el centro del edificio. En la puerta un antiguo cartel tallado en madera que anunciaba: “The Magestic Hotel”. Debajo uno más moderno y pequeño: “Fundado en 1926, el Hotel y Bar más antiguo de Nueva Zelanda”.
El interior era lujoso y acogedor. El bar con un clásico estilo de Pub Inglés tenia además de la barra, varias mesas con velas, algunos sillones y una estufa a leña; esta última deba calor y creaba ambiente. ¿Qué mejor forma de terminar un día así que con una buena cerveza? Y no cualquier cerveza por cierto. El bar, que al igual que el resto del Hotel apunta a una clase alta, sirve las cervezas de mejor calidad neozelandesas. Difíciles de conseguir en los supermercados. Así probé la “Weka”. Cerveza del tipo Lager, de fuerte aroma y color, tiene en el fondo de la botella algunas semillas muy pequeñas remanentes del proceso de fermentación/destilación característico de la misma.
Manejamos de vuelta a Kerikeri. Llegamos a casa, cocinamos y comimos mejillones. Solo con sal y limón, recolectados del mar algunas horas atrás, abundante manjar gratuito. Ducha y a la cama. Antes de quedarme dormido, en esos minutos que uno tiene con uno mismo, donde algunos reflexionan sobre los acontecimientos del día, otros planifican el día siguiente y aquellos que sus mentes por diversos motivos no los dejan tranquilos piensan cuanto más aguantaré sin tomarme la pastilla?; es que me preguntaba: ¿Qué curioso que primero hallan fundado el bar y diez años después la iglesia no? De cualquier manera, el día que se termine el mundo veremos a todos los que están en el bar correr a la iglesia y a todos los que estén en la iglesia correr hacia el bar…
No lo merezco, pero pido que se me dé el honor de pickear el último kiwi de la temporada. Luego de depositarlo en el cajón del tractor, todos se dan un fuerte apretón de manos, se desean fortuna en sus futuros proyectos o actividades y el grupo “rojo” de la compañía Orangewood, temporada 2011, se disuelve para nunca jamás reagruparse.
Llegamos a casa y empezamos los festejos. Como todo buen festejo argento, tiene que comenzar encendiendo un fuego, para lo que luego fue un aceptable asado. Se comió, bebió y celebró con la alegría y tranquilidad de NO tener que ir a trabajar al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente…
Y fue al día siguiente precisamente que decidimos continuar los festejos con un viaje. El destino: Paihia y Russell. Paihia es la ciudad turística por excelencia en la zona de Northland, ubicada a escasos 18km de Kerikeri cuenta con un pintoresco centro comercial con bares y cafés, locales de ropa, artesanías y baratijas para los turistas. A lo largo de una costa de base irregular se ubican algunos edificios de mediana y baja altura. Un paseo peatonal, rambla y muelle completan los “must do” de esta simpática ciudad. Es, resumiendo, similar a cualquier pequeña ciudad de turismo “playero” de la costa de la provincia de Buenos Aires, pero más ordenada, limpia y prolija.
El horizonte marítimo de esta ciudad se ve interrumpido por salpicones de pequeñas islas y la imponente presencia de una traicionera porción de tierra, que a simple vista parece una gran isla pero viéndolo en un mapa se descubre que está unido al resto de la superficie neozelandesa unos 40km mas al sur. En esta porción de tierra se encuentra el pueblo de Russell. Algún visionario empresario se dio cuenta de esto varios años atrás y decidió montar un servicio de ferri, que en 10 minutos por mar, te ahorra unos 100km por tierra. Treinta dólares ida y vuelta, por el auto y 5 pasajeros nos pareció un precio más que razonable y sin nada mejor que hacer cruzamos una pequeña porción del Pacifico para llegar a Russell.
Russell es pequeño pero con historia. Fue la primera capital de Nueva Zelanda, durante los años de la colonización. Por este motivo, entre otras cosas, cuenta con la iglesia más antigua del país. Esta fue nuestra primera visita. La iglesia es sencilla pero agradable. En su estructura de madera, que data del 1836, se pueden ver agujeros de balas, de los enfrentamientos transcurridos por aquellos años entre los colonizadores (ingleses) y los nativos (maoríes); y en el frente un pequeño cementerio con los caídos en dichos combates. Claro está, solo de los caídos cuyos cadáveres eran recuperados, ya que los prisioneros eran comidos por los caníbales nativos y devueltos al suelo neozelandés en forma de abono. La iglesia no sería el único edificio histórico visitado en el día, pero antes queríamos aprovechar los momentos de sol que ofrecía el medio día cuando las nubes daban tregua.
Nos pusimos en marcha, manejando por la sinuosa costa, escuchando buena música y a la velocidad que exige la despreocupación de no tener ningún compromiso que atender ni horario que cumplir. Así viajábamos, entre subidas y bajadas; bahías y penínsulas; abismos y hermosas playas de arenas blancas y aguas que comienzan transparentes a baja profundidad y van cambiando a un turquesa intenso hasta fundirse en un azul profundo, allá donde se dibuja la línea del horizonte…
Pico el bagre, estacionamos el gremblin en la banquina y bajamos caminando hasta una de las tantas pequeñas bahías. Como estrellas en el cielo de una noche alejada de las grandes urbes, millones de mejillones blancos le daban textura visual a las arenas de esta bahía, que se perdían debajo del océano en un pacífico y cautivadoramente silencioso encuentro. Al no haber NIGUN tipo de oleaje, ni viento, el silencio de esta playa era extremo. Podían sentirse claramente los pasos de una amistosa gaviota que se aproximaba por la orilla al grupo, en búsqueda de algunas sobras de nuestro almuerzo. Recorrimos, exploramos, sacamos fotos, nos separamos, nos reencontramos, disfrutamos de la paz…y nos pusimos en marcha de nuevo.
Varios minutos después, manejábamos por lo que en el mapa era una angostisima porción de tierra, donde deberíamos poder ver el mar a ambos lados. En la realidad veíamos el mar solo a nuestra izquierda, mientras que a la derecha se extendía una larga colina. Sin nada que perder, ni ningún destino en particular, estacionamos el auto y resolvimos subir hasta la cima de la colina a ver si era cierto que del otro lado también se veía el mar. Al llegar a la cima, se descubrió ante nuestros ojos una paradisiaca y escondida playa. De arenas blancas ye no más de 300 metros de largo, definía sus límites una empinada pared rocosa, casi abrazándola contra el mar, como escondiéndola del resto del mundo. Nos quedamos allí hasta que el sol se perdió en el mar.
La oscuridad y el frío celebran matrimonio en las calles de la ex capital del país cuando pasamos por el frente de un pintoresco edificio de estilo colonial. De dos pisos de altura cuenta con un amplio frente de madera, una galería/terraza con algunas mesas y sillas de hierro. Una gran escalera y una puerta de doble hoja marcaban la entrada y el centro del edificio. En la puerta un antiguo cartel tallado en madera que anunciaba: “The Magestic Hotel”. Debajo uno más moderno y pequeño: “Fundado en 1926, el Hotel y Bar más antiguo de Nueva Zelanda”.
El interior era lujoso y acogedor. El bar con un clásico estilo de Pub Inglés tenia además de la barra, varias mesas con velas, algunos sillones y una estufa a leña; esta última deba calor y creaba ambiente. ¿Qué mejor forma de terminar un día así que con una buena cerveza? Y no cualquier cerveza por cierto. El bar, que al igual que el resto del Hotel apunta a una clase alta, sirve las cervezas de mejor calidad neozelandesas. Difíciles de conseguir en los supermercados. Así probé la “Weka”. Cerveza del tipo Lager, de fuerte aroma y color, tiene en el fondo de la botella algunas semillas muy pequeñas remanentes del proceso de fermentación/destilación característico de la misma.
Manejamos de vuelta a Kerikeri. Llegamos a casa, cocinamos y comimos mejillones. Solo con sal y limón, recolectados del mar algunas horas atrás, abundante manjar gratuito. Ducha y a la cama. Antes de quedarme dormido, en esos minutos que uno tiene con uno mismo, donde algunos reflexionan sobre los acontecimientos del día, otros planifican el día siguiente y aquellos que sus mentes por diversos motivos no los dejan tranquilos piensan cuanto más aguantaré sin tomarme la pastilla?; es que me preguntaba: ¿Qué curioso que primero hallan fundado el bar y diez años después la iglesia no? De cualquier manera, el día que se termine el mundo veremos a todos los que están en el bar correr a la iglesia y a todos los que estén en la iglesia correr hacia el bar…
miércoles, 8 de junio de 2011
Feliz cumple Elizabeth!
El sol asoma entre las colinas de Kerikeri marcando el inicio de una nueva semana. Una inusual calma es ama y señora de las calles del pueblo. A pesar de ser Lunes, lo comercios están cerrados, los contenedores de basura medio llenos, la biblioteca pública a puertas cerradas niega su vasto conocimiento al mundo y el único semáforo de la calle principal osilla inútilmente entre el rojo y verde a los ojos de nadie. Desde el interior de nuestra morada, el ronquido de 5 personas le hace coro al cantar de los pájaros en el exterior; que son los únicos que parecen haber olvidado que hoy nadie trabaja.
Mientras tanto, en alguna habitación del palacio de Buckingham, un sequito de asesores aconseja a la Reina acerca de que sombrero elegir para tan especial acontecimiento. Hay excitación y mucha expectativa. A diferencia de un día regular, donde seguramente se pasen largas jornadas debatiendo sobre qué es lo mejor para el futuro del pueblo Ingles, hoy toda la corte real tiene una tarea asignada y todo tiene que salir bien. En el salón principal, decoradores terminan los últimos detalles y en la cocina el chef coloca la ultima vela en la torta, la número 118.
Hoy, lunes 06 de Junio, es el cumpleaños de Elizabeth II, reina de Inglaterra. Es feriado nacional Y PAGO en Inglaterra y todas sus colonias, incluyendo por supuesto, Nueva Zelanda.
“Jesús, Buda, Alá por favor que no llueva mañana!!!” eran nuestras plegarias el Domingo. Al parecer nos escucharon y las divinidades nos dieron un día hermoso para levantarnos a la hora que se nos cante el orto, a hacer lo que se nos cante el orto y que nos paguen como 8hs de trabajo duro.
Por supuesto ya teníamos un plan, por si el día llegaba a estar agradable, así que lo pusimos en marcha. Desayunamos, cargamos las viandas (sándwiches) en los vehículos, la pelota (fundamental) y partimos con rumbo norte. Una hora y varias paradas en la ruta a sacar fotos después, pusimos un pie en Matauri Bay.
Matauri Bay es una paradisiaca playa de arenas blancas y forma de paréntesis. Comienza a los pies de una verde colina de mediana altura y suave pendiente y termina unos 800 metros más adelante en los acantilados de de una colina de mayor altura que irrumpe en el mar en forma de península, por lo que está casi en su totalidad rodeada de mar, como una pequeña isla. Cuenta en el extremo opuesto con una playa de arenas negras, producto de miles de años de actividad volcánica.
En la playa nos encontramos con dos grupos de amigos, que conocimos trabajando en el picking. Como todo grupo de Kerikeri le sobran hombres y le faltaban minas, pero para esta ocasión fue perfecto para armar lo que fue, después de almorzar y tomar sol un rato, un excelente partido de futbol. En una buena porción de arena húmeda, Ingleses, alemanes, checos, neozelandeses, chilenos, uruguayos y argentinos nos dividimos en dos equipos de siete jugadores cada uno.
Partidazo de por medio el resultado final fue 6 a 5. Metí cuatro de los cinco goles del equipo perdedor. Luego, ya atardeciendo, los más valientes se fueron a pegar un chapuzón. El día estaba hermoso, pero el agua helada, recordemos que acá también es fines del otoño. Mientras que los mas cagones y friolentos preparamos unos mates que fuimos a tomar, después de media horita de treking, a la punta de la colina norte, la más alta. Desde donde vimos el atardecer.
La aguja acababa de pasar el 6 en el reloj cuando el sol ya se había ido y solo quedaba un tenue y frio resplandor de su presencia. Pero teníamos un as bajo la manga para las últimas horas del día. Si hay alguien que trabaja un fin de semana largo, es justamente alguien que vive del turismo. Como por ejemplo el encargado del complejo de aguas termales ubicado a media hora de Kerikeri.
Ya forzando la vista para ver en la oscuridad que cada minuto se hacía más espesa, subimos todo al auto y partimos con rumbo sur. Media hora después, vimos pasar el cartel de bienvenidos a Kerikeri. Unos 40 minutos más en la ruta 10 y ya nos empezábamos a preguntar si no nos habíamos perdido cuando de repente un olor inmundo inundo el auto. Una peste abominable, como un balde lleno de huevos podridos que estuvo todo el día al sol. La pregunta se disparó a coro, casi por acto reflejo: “¿Quién fue el hijo de puta que se cago?!”. Se hacía difícil respirar entre tanto olor a mierda, pero la indignación era más fuerte y la pregunta se reformulaba entre los pasajeros cada vez con más agresividad, exigiendo una pronta respuesta. Desconcertaba el hecho de que ninguno tenía la sonrisa disimulada del “fui yo, pero me estoy haciendo el boludo, por que salió un pedo más feo de lo que me esperaba” o la sonriso orgullosa del “que buen pedo me tire! Fúmenselo!!!”. La sorpresa llego al darse cuenta que el olor aumento exponencialmente al abrir las ventanas. Reinaba un desconcierto general cuando finalmente vimos el cartel:
“NGAWHA SPRINGS, piletas naturales de agua de azufre”
Haciendo uso de un eufemismo forzado, definiré el complejo como “rustico”. Escasamente iluminado, contaba con unos 30 piletones naturales, reforzados estructuralmente con robustos tablones de madera. Los mismos tenían diferentes temperaturas que iban desde los 28°C hasta unos increíbles 52°C. De más está decir que en estos últimos era imposible mantener una parte del cuerpo bajo el agua por más de 3 o 4 segundos sin quemarse. El agua de todos ellos, color marrón oscura, los hacía aun menos atractivos. De cualquier manera, ya estábamos ahí y no nos íbamos a tirar para atrás. Como eran ya más de las 7 pm, además de nosotros 5 había unas 4 personas más en todo el complejo y un inquietante silencio se veía perturbado solo por el cantar de los grillos.
Intenten por un instante visualizar la imagen: 5 personas mirando desde el balcón de la administración hacia abajo, en silencio y con caras de decepción; donde desparramados aleatoriamente y sumidos en las penumbras estaban los pestilentes piletones de aguas marrones emanado vapor constantemente. Pero, como dice el dicho: “la mente es como un paracaídas, funciona mejor abierta”. Y así hay que tenerla, abierta a nuevas experiencias; siempre probar, si te gusta repetir y si no te gusta no hacerlo más (obvio hay algunas excepciones a esta regla…).
El encargado nos aseguro que el agua es sumamente limpia y el color y olor son producto del azufre. Los locales llaman a estos piletones “healing waters” (aguas sanadoras). Al parecer el altísimo nivel de azufre al que hacía referencia el encargado, generado por la intensa actividad volcánica debajo de la tierra (además de darle ese color marrón oscuro y ese olor a huevos podridos) posee excelentes propiedades para tratar todo tipo de males. Además de beneficiar considerablemente a la piel. Está prohibido meter la cabeza abajo del agua por riesgo a perder la vista…de cualquier manera basta con mirarla y olerla para saber que no es una buena idea.
Agua caliente es agua caliente, y siempre es una sensación agradable meterse a pesar de que se vea como mierda y huela como tal, así que nos pusimos la maya, nos metimos, lo disfrutamos y nos quedamos hasta que nos echaron.
Después de pasar todo un día en la playa, hacer treking, jugar al football, meterse dos horas en aguas termales, llegar a casa y pegarse una ducha NADIE tenía ganas de ponerse a cocinar; así que terminamos el cumpleaños de la Reina yendo a comer al Mc Donalds.
De vuelta en casa, me saqué la ropa y me desplomé en la cama. Ya me estaba quedando dormido cuando entro el Chichi a la habitación.
_ Que buen día hoy no?
_ Se, espectacular!
_ Bueno, pasaba a saludar nomas… ¿me pregunto cuándo será el próximo feriado?.
Esto último lo preguntó en voz alta, pero casi en un susurro, como hablando consigo mismo. Y volviendo a mirarme completó con normalidad:
_ Hasta mañana Bob!
_ Hasta mañana Guevo!
Me volví a acomodar en la cama y mientras se alejaba caminando para su cama, lo oí contestarse a si mismo esa pregunta que se había formulado.
_ Y… debe ser en el cumpleaños del Rey…
Mientras tanto, en alguna habitación del palacio de Buckingham, un sequito de asesores aconseja a la Reina acerca de que sombrero elegir para tan especial acontecimiento. Hay excitación y mucha expectativa. A diferencia de un día regular, donde seguramente se pasen largas jornadas debatiendo sobre qué es lo mejor para el futuro del pueblo Ingles, hoy toda la corte real tiene una tarea asignada y todo tiene que salir bien. En el salón principal, decoradores terminan los últimos detalles y en la cocina el chef coloca la ultima vela en la torta, la número 118.
Hoy, lunes 06 de Junio, es el cumpleaños de Elizabeth II, reina de Inglaterra. Es feriado nacional Y PAGO en Inglaterra y todas sus colonias, incluyendo por supuesto, Nueva Zelanda.
“Jesús, Buda, Alá por favor que no llueva mañana!!!” eran nuestras plegarias el Domingo. Al parecer nos escucharon y las divinidades nos dieron un día hermoso para levantarnos a la hora que se nos cante el orto, a hacer lo que se nos cante el orto y que nos paguen como 8hs de trabajo duro.
Por supuesto ya teníamos un plan, por si el día llegaba a estar agradable, así que lo pusimos en marcha. Desayunamos, cargamos las viandas (sándwiches) en los vehículos, la pelota (fundamental) y partimos con rumbo norte. Una hora y varias paradas en la ruta a sacar fotos después, pusimos un pie en Matauri Bay.
Matauri Bay es una paradisiaca playa de arenas blancas y forma de paréntesis. Comienza a los pies de una verde colina de mediana altura y suave pendiente y termina unos 800 metros más adelante en los acantilados de de una colina de mayor altura que irrumpe en el mar en forma de península, por lo que está casi en su totalidad rodeada de mar, como una pequeña isla. Cuenta en el extremo opuesto con una playa de arenas negras, producto de miles de años de actividad volcánica.
En la playa nos encontramos con dos grupos de amigos, que conocimos trabajando en el picking. Como todo grupo de Kerikeri le sobran hombres y le faltaban minas, pero para esta ocasión fue perfecto para armar lo que fue, después de almorzar y tomar sol un rato, un excelente partido de futbol. En una buena porción de arena húmeda, Ingleses, alemanes, checos, neozelandeses, chilenos, uruguayos y argentinos nos dividimos en dos equipos de siete jugadores cada uno.
Partidazo de por medio el resultado final fue 6 a 5. Metí cuatro de los cinco goles del equipo perdedor. Luego, ya atardeciendo, los más valientes se fueron a pegar un chapuzón. El día estaba hermoso, pero el agua helada, recordemos que acá también es fines del otoño. Mientras que los mas cagones y friolentos preparamos unos mates que fuimos a tomar, después de media horita de treking, a la punta de la colina norte, la más alta. Desde donde vimos el atardecer.
La aguja acababa de pasar el 6 en el reloj cuando el sol ya se había ido y solo quedaba un tenue y frio resplandor de su presencia. Pero teníamos un as bajo la manga para las últimas horas del día. Si hay alguien que trabaja un fin de semana largo, es justamente alguien que vive del turismo. Como por ejemplo el encargado del complejo de aguas termales ubicado a media hora de Kerikeri.
Ya forzando la vista para ver en la oscuridad que cada minuto se hacía más espesa, subimos todo al auto y partimos con rumbo sur. Media hora después, vimos pasar el cartel de bienvenidos a Kerikeri. Unos 40 minutos más en la ruta 10 y ya nos empezábamos a preguntar si no nos habíamos perdido cuando de repente un olor inmundo inundo el auto. Una peste abominable, como un balde lleno de huevos podridos que estuvo todo el día al sol. La pregunta se disparó a coro, casi por acto reflejo: “¿Quién fue el hijo de puta que se cago?!”. Se hacía difícil respirar entre tanto olor a mierda, pero la indignación era más fuerte y la pregunta se reformulaba entre los pasajeros cada vez con más agresividad, exigiendo una pronta respuesta. Desconcertaba el hecho de que ninguno tenía la sonrisa disimulada del “fui yo, pero me estoy haciendo el boludo, por que salió un pedo más feo de lo que me esperaba” o la sonriso orgullosa del “que buen pedo me tire! Fúmenselo!!!”. La sorpresa llego al darse cuenta que el olor aumento exponencialmente al abrir las ventanas. Reinaba un desconcierto general cuando finalmente vimos el cartel:
“NGAWHA SPRINGS, piletas naturales de agua de azufre”
Haciendo uso de un eufemismo forzado, definiré el complejo como “rustico”. Escasamente iluminado, contaba con unos 30 piletones naturales, reforzados estructuralmente con robustos tablones de madera. Los mismos tenían diferentes temperaturas que iban desde los 28°C hasta unos increíbles 52°C. De más está decir que en estos últimos era imposible mantener una parte del cuerpo bajo el agua por más de 3 o 4 segundos sin quemarse. El agua de todos ellos, color marrón oscura, los hacía aun menos atractivos. De cualquier manera, ya estábamos ahí y no nos íbamos a tirar para atrás. Como eran ya más de las 7 pm, además de nosotros 5 había unas 4 personas más en todo el complejo y un inquietante silencio se veía perturbado solo por el cantar de los grillos.
Intenten por un instante visualizar la imagen: 5 personas mirando desde el balcón de la administración hacia abajo, en silencio y con caras de decepción; donde desparramados aleatoriamente y sumidos en las penumbras estaban los pestilentes piletones de aguas marrones emanado vapor constantemente. Pero, como dice el dicho: “la mente es como un paracaídas, funciona mejor abierta”. Y así hay que tenerla, abierta a nuevas experiencias; siempre probar, si te gusta repetir y si no te gusta no hacerlo más (obvio hay algunas excepciones a esta regla…).
El encargado nos aseguro que el agua es sumamente limpia y el color y olor son producto del azufre. Los locales llaman a estos piletones “healing waters” (aguas sanadoras). Al parecer el altísimo nivel de azufre al que hacía referencia el encargado, generado por la intensa actividad volcánica debajo de la tierra (además de darle ese color marrón oscuro y ese olor a huevos podridos) posee excelentes propiedades para tratar todo tipo de males. Además de beneficiar considerablemente a la piel. Está prohibido meter la cabeza abajo del agua por riesgo a perder la vista…de cualquier manera basta con mirarla y olerla para saber que no es una buena idea.
Agua caliente es agua caliente, y siempre es una sensación agradable meterse a pesar de que se vea como mierda y huela como tal, así que nos pusimos la maya, nos metimos, lo disfrutamos y nos quedamos hasta que nos echaron.
Después de pasar todo un día en la playa, hacer treking, jugar al football, meterse dos horas en aguas termales, llegar a casa y pegarse una ducha NADIE tenía ganas de ponerse a cocinar; así que terminamos el cumpleaños de la Reina yendo a comer al Mc Donalds.
De vuelta en casa, me saqué la ropa y me desplomé en la cama. Ya me estaba quedando dormido cuando entro el Chichi a la habitación.
_ Que buen día hoy no?
_ Se, espectacular!
_ Bueno, pasaba a saludar nomas… ¿me pregunto cuándo será el próximo feriado?.
Esto último lo preguntó en voz alta, pero casi en un susurro, como hablando consigo mismo. Y volviendo a mirarme completó con normalidad:
_ Hasta mañana Bob!
_ Hasta mañana Guevo!
Me volví a acomodar en la cama y mientras se alejaba caminando para su cama, lo oí contestarse a si mismo esa pregunta que se había formulado.
_ Y… debe ser en el cumpleaños del Rey…
jueves, 2 de junio de 2011
Bonjour!!!
Más de 15 días han pasado ya desde el último post y algunas coas han cambiado desde aquel entonces. Entre las más relevantes el grupo de 5 que partió de Auckland (Nacho, el uruguayo, el cordobés, el chichi y yo) ya no existe más. El primero en partir fue Nacho. Esta fue una partida anunciada, ya que una semana después de llegar a Kerikeri recibió una llamada de su familia desde Capital donde le comunicaban del casamiento de su hermana el 24 de Mayo; instantáneamente decidió volverse a Argentolandia con algunos días de anticipación para presenciar dicho acontecimiento. Y así el 20 de Marzo, le pagamos su parte del auto, tomamos una última birra todos juntos, nos dijimos “hasta pronto” y el Cordobés lo llevo en el Gremlin hasta la estación de ómnibus.
En la semana que siguió, el Cordobés dejo el picking y se pasó a packing (dejo de juntar kiwis para empezar a empaquetarlos). Federico dejó el trabajo y el Chichi y yo seguimos pickeando. Por lo tanto no nos veíamos tan seguido durante el día.
Algunos días después de la partida de Nacho, Federico (el uruguayo) nos dijo que el lunes 30 a la mañana se iba en bondi a Whangarei, a probar suerte ahí.
Whangarei es una ciudad más próxima a Auckland, mucho más grande que Kerikeri y con más movida. Desde mi punto de vista, Federico nunca estuvo muy gusto en Kerikeri, vino a Nueva Zelanda buscando otro tipo de viaje; mas de placer que de trabajo. Había trabajado muy pocos días y ya las últimas dos semanas prácticamente las pasó en casa mirando tele. Tenía una muy buena relación con Nacho que era el que más lo acompañaba en la joda o en viajar a los alrededores y lo apañaba bastante en los conflictos que surgieron durante la convivencia, generados a mi entender por diferencias en la formación, en las personalidad y en la edad (Federico tiene 18 años y el resto de nosotros más de 23). Y así el lunes 30 de Marzo, le pagamos su parte del auto y esta vez sin cerveza de por medio el Cordobés lo llevo en el Gremlin hasta la estación de ómnibus. Al encontrarse solo, sin auto y sin casa; solo dos días después, volvería a Kerikeri; pero su lugar ya había sido rápidamente ocupado…
Al quedar 3 en la casa, necesitábamos uno o dos roomates para amortizar el alquiler. Debido a que todos los viajeros que se encuentran transitoriamente en este pueblo viven en un hostel, pagando $120 (como mínimo) a la semana por compartir habitación, baño, cocina, etc con muchas personas más; no nos fue difícil elevar nuestro grupo a 5 de nuevo. Teníamos varias opciones de personas que se querían mudar con nosotros, ya sea porque les caíamos bien, porque la casa esta bárbara o por que sale $80 por semana en vez de $120. Una tarde, después del trabajo, se debatió un rato sobre a quién le daríamos la generosa oferta de mudarse a nuestros aposentos. Por dos votos contra uno los ganadores fueron una pareja de franceses.
Amelie y Ludovic son oriundos de la ciudad de Strasbourg, ubicada al Nordeste de Francia. Tienen 24 años de los cuales 7 han pasado juntos. Son compañeros de trabajo del Chichi, ella habla muy bien ingles y él está aprendiendo. Son muy buenas personas los dos, respetuosas, interesantes y alegres. A él le gusta mucho el football y a ella el cine. Llegaron a Auckland en la misma fecha que nosotros, se compraron una camioneta y han vivido en ella las últimas 3 semanas, pagando $80 por persona para estacionarla en un Hostel y poder usar los servicios del mismo. Imaginarán las caras de felicidad cuando les ofrecimos de venirse a una casa por la misma plata.
Los últimos días han sido muy positivos. Nos llevamos muy bien. La casa finalmente esta ordenada y limpia (no tanto como me gustaría a mí que soy re hincha pelotas, pero si muy bien) y todos la disfrutamos a más no poder. Ellos aprenden algo de español, nosotros algo de francés y entre todos practicamos ingles.
Northland es la región menos poblada de un país escasamente poblado, y Kerikeri es uno de los pueblos más pequeños de dicha región. Por lo tanto, decir “nos vinimos al culo del mundo” es un grave error. “Nos vinimos al pelo, del grano, del culo del mundo” sería lo correcto. De cualquier manera, con excepción del Cordobés, que quiere/tiene que quedarse en Kerikeri cuando termine la cosecha; Amelie, Ludovic, el Chichi y yo queremos empezar a viajar un poco, y nuestro primer objetivo es recorrer más el extremo norte de Nueva Zelanda, incluyendo un viaje de tres horas hasta Cape Reigna, el punto más Norte de Nueva Zelanda, donde se unen el Océano pacifico y el Mar de Tasmania. Queda solo una semana más de trabajo, pero pagamos dos semanas más de alquiler, así tenemos una base donde venir a dormir mientras recorreremos toda la región.
En lo que respecta a lo económico, no pudimos ahorrar mucho durante este mes, pero si no alcanzo para recuperar lo gastado en Auckland la primer semana, tener una mayor parte del auto (ahora tenemos 33% cada uno), arreglar el auto las 2 veces que se rompió, vivir un mes en Kerikeri y juntar quedar unos $300 arriba de la plata con la que llegamos. Pero, nos dijeron que al terminar la temporada de picking, nos tienen que pagar un 8% del total de lo que ganamos trabajando para Orangewood en concepto de vacaciones. Como durante este mes ganamos unos $2500, nos deberían pagar unos $200 de vacaciones. Y además ya nos han sacado unos $400 en concepto de impuestos. Impuestos que supuestamente te devuelven cuando dejas el país. Así que lo vivimos como un ahorro.
Por ahora muchas más novedades no hay, pero presiento que con los viajes empezaran a llegar las anécdotas y más fotos al facebook!
Hoy, después de varios días soleados y de temperaturas muy agradables, un manto gris cubre el cielo, y amenaza con caer en forma de lluvia en breve. Por este motivo es que llamaron del trabajo para decir que esperemos hasta las 10 30 a ver qué pasa. Mientras espero, es que escribo estas líneas, acostado en mi cama, con una taza de cappuccino humeante, mirando por la ventana de mi habitación como el viento mueve las copas de los pinos, como finos pinceles sobre un lienzo gris, pintando lo que de seguro será una mañana de parras llenas de kiwis, sin gente que los junte.
En la semana que siguió, el Cordobés dejo el picking y se pasó a packing (dejo de juntar kiwis para empezar a empaquetarlos). Federico dejó el trabajo y el Chichi y yo seguimos pickeando. Por lo tanto no nos veíamos tan seguido durante el día.
Algunos días después de la partida de Nacho, Federico (el uruguayo) nos dijo que el lunes 30 a la mañana se iba en bondi a Whangarei, a probar suerte ahí.
Whangarei es una ciudad más próxima a Auckland, mucho más grande que Kerikeri y con más movida. Desde mi punto de vista, Federico nunca estuvo muy gusto en Kerikeri, vino a Nueva Zelanda buscando otro tipo de viaje; mas de placer que de trabajo. Había trabajado muy pocos días y ya las últimas dos semanas prácticamente las pasó en casa mirando tele. Tenía una muy buena relación con Nacho que era el que más lo acompañaba en la joda o en viajar a los alrededores y lo apañaba bastante en los conflictos que surgieron durante la convivencia, generados a mi entender por diferencias en la formación, en las personalidad y en la edad (Federico tiene 18 años y el resto de nosotros más de 23). Y así el lunes 30 de Marzo, le pagamos su parte del auto y esta vez sin cerveza de por medio el Cordobés lo llevo en el Gremlin hasta la estación de ómnibus. Al encontrarse solo, sin auto y sin casa; solo dos días después, volvería a Kerikeri; pero su lugar ya había sido rápidamente ocupado…
Al quedar 3 en la casa, necesitábamos uno o dos roomates para amortizar el alquiler. Debido a que todos los viajeros que se encuentran transitoriamente en este pueblo viven en un hostel, pagando $120 (como mínimo) a la semana por compartir habitación, baño, cocina, etc con muchas personas más; no nos fue difícil elevar nuestro grupo a 5 de nuevo. Teníamos varias opciones de personas que se querían mudar con nosotros, ya sea porque les caíamos bien, porque la casa esta bárbara o por que sale $80 por semana en vez de $120. Una tarde, después del trabajo, se debatió un rato sobre a quién le daríamos la generosa oferta de mudarse a nuestros aposentos. Por dos votos contra uno los ganadores fueron una pareja de franceses.
Amelie y Ludovic son oriundos de la ciudad de Strasbourg, ubicada al Nordeste de Francia. Tienen 24 años de los cuales 7 han pasado juntos. Son compañeros de trabajo del Chichi, ella habla muy bien ingles y él está aprendiendo. Son muy buenas personas los dos, respetuosas, interesantes y alegres. A él le gusta mucho el football y a ella el cine. Llegaron a Auckland en la misma fecha que nosotros, se compraron una camioneta y han vivido en ella las últimas 3 semanas, pagando $80 por persona para estacionarla en un Hostel y poder usar los servicios del mismo. Imaginarán las caras de felicidad cuando les ofrecimos de venirse a una casa por la misma plata.
Los últimos días han sido muy positivos. Nos llevamos muy bien. La casa finalmente esta ordenada y limpia (no tanto como me gustaría a mí que soy re hincha pelotas, pero si muy bien) y todos la disfrutamos a más no poder. Ellos aprenden algo de español, nosotros algo de francés y entre todos practicamos ingles.
Northland es la región menos poblada de un país escasamente poblado, y Kerikeri es uno de los pueblos más pequeños de dicha región. Por lo tanto, decir “nos vinimos al culo del mundo” es un grave error. “Nos vinimos al pelo, del grano, del culo del mundo” sería lo correcto. De cualquier manera, con excepción del Cordobés, que quiere/tiene que quedarse en Kerikeri cuando termine la cosecha; Amelie, Ludovic, el Chichi y yo queremos empezar a viajar un poco, y nuestro primer objetivo es recorrer más el extremo norte de Nueva Zelanda, incluyendo un viaje de tres horas hasta Cape Reigna, el punto más Norte de Nueva Zelanda, donde se unen el Océano pacifico y el Mar de Tasmania. Queda solo una semana más de trabajo, pero pagamos dos semanas más de alquiler, así tenemos una base donde venir a dormir mientras recorreremos toda la región.
En lo que respecta a lo económico, no pudimos ahorrar mucho durante este mes, pero si no alcanzo para recuperar lo gastado en Auckland la primer semana, tener una mayor parte del auto (ahora tenemos 33% cada uno), arreglar el auto las 2 veces que se rompió, vivir un mes en Kerikeri y juntar quedar unos $300 arriba de la plata con la que llegamos. Pero, nos dijeron que al terminar la temporada de picking, nos tienen que pagar un 8% del total de lo que ganamos trabajando para Orangewood en concepto de vacaciones. Como durante este mes ganamos unos $2500, nos deberían pagar unos $200 de vacaciones. Y además ya nos han sacado unos $400 en concepto de impuestos. Impuestos que supuestamente te devuelven cuando dejas el país. Así que lo vivimos como un ahorro.
Por ahora muchas más novedades no hay, pero presiento que con los viajes empezaran a llegar las anécdotas y más fotos al facebook!
Hoy, después de varios días soleados y de temperaturas muy agradables, un manto gris cubre el cielo, y amenaza con caer en forma de lluvia en breve. Por este motivo es que llamaron del trabajo para decir que esperemos hasta las 10 30 a ver qué pasa. Mientras espero, es que escribo estas líneas, acostado en mi cama, con una taza de cappuccino humeante, mirando por la ventana de mi habitación como el viento mueve las copas de los pinos, como finos pinceles sobre un lienzo gris, pintando lo que de seguro será una mañana de parras llenas de kiwis, sin gente que los junte.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Un día en la vida de un picker
Son las 7:00 am y el sol comienza a despegar entre las verdes colinas de Kerikeri, despertando con tenues rallos de luz a todas las aves, y estas a su vez nos despiertan a nosotros con su variado cantar. Esta primera alarma natural es la gran mayoría de las veces ignorada y volvemos al mundo de los sueños por unos 45 o 60 minutos más que es cuando recibimos el mensaje de texto diciéndonos a qué hora empezamos a trabajar ese día. Debido a que la piel del kiwi es muy sensible cuando está mojada, hay que darle un cierto tiempo al sol para que seque la fruta de la humedad del rocío matinal o de las lluvias nocturnas. Por lo tanto algunos días comenzamos a trabajar a las 9am, otros al medio día y otros días directamente nos envían un “too much rain today guys, take the day off” y no trabajamos en todo el día.
Son las 8:15 am, salgo de la cama me pongo las pilchas de laburo (jean si está fresco, short si promete calor) y me voy al living. Generalmente soy el primero en levantarse; aunque algunas veces ya está sentado en la mesa el Chichi, mirando al patio por los grandes ventanales del living, entre sorbo y sorbo de mate. Café con leche, tostadas con manteca y mermelada; vianda, agua y campera impermeable a la mochila y listo para salir. El barrio es tranquilo, silencioso, perdido entre las colinas y los arboles. Nuestra casa queda en una calle sin salida así que no se ven ni autos ni gente circulando. Paz. Los pájaros no dejan de cantar, el sol no para de subir y la mañana se hace rápidamente cálida. Mientras arrancamos el auto le hecho un vistazo a la ropa en el tendedero y puede verse el vapor saliendo de la misma.
Son las 9:00 am y manejamos por los alrededores de KeriKeri. Los campos que trabajamos son chiquitos, por eso cada 2 o 3 días toca un campo distinto. Nunca más lejos que 20km del centro de la ciudad. La ruta es sinuosa y ondulante, llena de subidas y bajadas. El paisaje deslumbrante. El verde de las colinas es muy difícil de describir, pero de tener que definirlo en una sola palabra diría “intenso”. Acá y allá árboles de todo tipo, pequeños bosques naturales y muy densos, salpicones de vacas y ovejas completan la magia.
Son las 9:15 am, llegamos al campo. Nos ponemos las bolsas de recolección y nos metemos abajo de las parras. La planta de kiwi es un árbol de tronco muy fino que naturalmente crece poca altura y luego sus largas ramas caen por el peso de su fruto hasta el suelo. Por este motivo la gente que los siembra, clava marcos de madera, tiran alambres a unos 2 mt del suelo y guían las ramas de la planta por sobre estos alambres. Formando un espacio de aproximadamente una hectárea de un techo de grandes y anchas hojas color verde oscuro debajo de las cuales cuelgan a la sombra y uno al lado del otro los frutos a cosechar. Hay un fuerte olor a tierra mojada que se mescla con el suave olor que dan los kiwis aun verdes (se cosechan antes de madurar). Esta agradable combinación de olores naturales se ve interrumpida por el cachetazo que pega el diesel quemado por el motor del tractor que lleva los grandes cajones de madera donde descargamos nuestras bolsas.
Son las 10:00 am, el cielo se cubre de punta a punta de pesadas nubes grises, sin dejar ni un solo rastro a la vista de celeste; y comienza una lluvia finita pero abundante que bajo el techo de hojas de la parra, se siente de mayor intensidad de lo que realmente es.
Son las 10:15 am, el cielo está totalmente despejado de nuevo. Ni un rastro de nubes de punta a punta, el sol muestra de nuevo su rostro y comienza a evaporar las gotas de la reciente llovizna. Estos cambios bruscos de clima son muy frecuentes, incluso varios en un mismo día.
Son las 11:15 am, los supervisores gritan “somoke breake”, todos se sacan las bolsas, caminan afuera de la parra y se tiran en el pasto a descansar. Algunos fuman un pucho, otros toman agua, otros comen alguna fruta. Quince minutos después, volvemos al trabajo.
Son la 1:15 pm, y los supervisores esta vez gritan “lunch breake”. Tenemos media hora para sentarnos al sol en el pasto o sobre algún tronco caído a comer un sándwich; pero hoy estamos trabajando en un campo cuya parra está construida al lado de un río y hay una espectacular cascada de unos 6 metros de alto, con un pileton enrome abajo, a menos de una cuadra de donde están las parras. Así que todos van a comer allí y varios nos sacamos la ropa y saltamos desde lo más alto de la cascada al pileton de abajo (ver video en facebook!). El agua esta helada! Pero es muy refrescante y entretenido. Luego si, almorzamos al sol mientras nos secamos. Y media hora después, volvemos a la sombra de la parra.
Son las 3:15 pm y tenemos nuestro segundo descanso. El sol empieza a bajar, pero la temperatura aún es muy agradable. Unos quince minutos de charla con alguno de los compañeros de nuestro internacional grupo (dos franceses, tres alemanes, dos canadienses, un dinamarqués, un singapurense, dos maoríes y tres neozelandeses no maoríes) y vuelta a pickearla.
Son las 5:15 pm y el grito esperado: “empty out guys”. Todos vacían las bolsas, se llena el ultimo tractor, nos subimos al auto y manejamos de regreso a casa atravesando ya las sombras largas de los arboles, causadas por el incipiente atardecer.
Son las 6:00 pm y ya estamos sentados en el patio, mas abrigados, viendo el atardecer y escuchando los silencios. Algunos con el mate, yo con el café. ¿Y después? Primero una ducha y luego lo que surja: un truco, un rato de tele, un libro, escribir un post para el blog…
Son las 9:00 pm, ya estamos sentados en la mesa comiendo unos fideos con crema de hongos. Terminamos, un rato de tele y a la cama tempranito; generalmente antes de las 11. El pueblo no tiene mucho que ofrecer después de las 5pm ya cierra todo y solo los sábados hay un bar que casi parece lleno entre las 10 y las 12.
Bueno, esto es un típico día en nuestras vidas. Cabe la aclaración que nada de lo dicho anteriormente esta exagerado para hacer esta narración más interesante. Pero si hay algunas omisiones, de algunas cosas no tan positivas. Terminamos el día bastante cansados físicamente. El trabajo es bastante repetitivo y aburrido. No requiere ningún tipo de esfuerzo mental. Esta permitido charlar mientras juntas, pero no escuchar música. Por lo que al estar trabajando se generan ratos muy largos donde se encuentra uno con uno mismo, y si no te llevas bien estas en un problema. Por esto quiero decir que el laburo te da muchísimas horas para pensar y luego depende de vos y en qué tipo de pensamientos tenes.
Yo por mi parte pienso mucho en el futuro, cuales son las posibilidades de este viaje a corto y largo plazo, que voy a hacer cuando vuelva a Argentina, que lugares me gustaría visitar y como llegar a ellos, etc. Cada tanto me vienen algunos recuerdos: de otros viajes, de momento con amigos, con amigas, con la familia, etc. Pero todos los vivo bien y no con tristeza. También intento disfrutar el “acá y el ahora”, charlo mucho con los pibes de otras nacionalidades y les pregunto mucho sobre sus formas de vida y sus culturas en general. También intento aprender un poco de francés y alemán. Ya se pedir una cerveza en 7 idiomas!!! Y se decir gracias en 12 (gracias, grazie, thanks, danke shun, obrigado, mergsi, spasiva, cheers, ta, domo arigato, dank, shishe), aclaro que lo sé decir, no escribir.
También es un re garrón que no haya joda. “Esh imposihbleeee” diría Capussotto. Al no haber bares y al no vivir en un hostel se complica conocer gente. Looking at the bright side un poco de vida sana no hace mal.
El último aspecto negativo es el tema de la paga, que es el sueldo mínimo. El laburo nos permite pagar la casa, la comida, la nafta y ahorrar unos $1000 dólares neozelandeses por mes (si el mes es bueno, no llueve mucho y gastamos poco). No es lo ideal, pero sabemos que hay mucha gente que esta acá en Nueva Zelanda sin laburo (perdiendo plata), viviendo en un hostel (nosotros en la casita estamos re piola), sin auto, o sin posibilidades de ahorro (gastando lo mismo que ganan). Cabe la aclaración con $1000 dólares (lo ahorrado en un mes), yendo de hostel en hostel, podemos vivir viajando más o menos un mes y medio (incluyendo alojamiento, comida y nafta). Por lo tanto la idea es más o menos esa: sobrevivir el invierno laburando y ahorrando lo que se pueda y gatillarla en primavera y verano viajando… pero bueno, ya estoy hablando mucho de los planes a futuro y este post tendría que haber terminado hace unos 15 renglones.
Son las 8:15 pm del lunes 16 de Mayo y yo me estoy yendo a cocinar un bife con ensalada...
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